| Sierra de Órganos |
Como
cuando un soldado va sin armas a la guerra, así fuimos al Parque Natural Sierra
de Órganos, cuatro mochileros con escaso alimento y poca cosa para cubrirnos
del frío extremo de aquel día.
Esta
vez nos tocó conocer al Sr. Frío en persona, que si hubiésemos llevado buen abrigo
hubiese pasado delante de nosotros sin cruzar palabras.
La
historia comienza aproximadamente a las seis de la tarde, donde habiendo
recorrido ya varios pueblos nos dirigíamos por primera vez a la esperada y
majestuosa sierra de Zacatecas. Íbamos a la aventura sin saber con qué y con
quienes nos encontraríamos, y sobre todo sin temor alguno de pasar la noche
allí.
Una
vez llegamos al sitio nos percatamos inmediatamente de dos cosas, la primera,
la impresionante belleza escénica de la sierra con sus rocas grandísimas en
forma de monolitos, que se levantaban endiosadas ante nosotros, la segunda la
presencia de todo cuanto hay en un parque natural pero sin nada de gente, solo
naturaleza pura, nosotros, y un sendero bien marcado que nos conduciría sierra
adentro.
Todo
parecía ir bien al principio, no hasta que supimos que no comeríamos bien esa
noche como habitualmente lo veníamos haciendo en nuestro viaje de mochileros.
Antes de andar por la ruta pensamos en armar
nuestro campamento y echarnos antes algo al estómago, abrimos nuestras mochilas
y nos llevamos una gran sorpresa, nos dimos cuenta que llevamos poco alimento,
y el hambre ya estaba tocando puerta.
El
instinto de supervivencia hizo que nos comportáramos de una manera primitiva. Comenzamos
a ver por nuestros estómagos primero antes que otra cosa, discutimos por las
porciones de comida que nos tocaría, “¡nos toca de una lata y media de atún a
cada quien!”, “¡estas barritas yo ya las traía para mí!”, “¡este wey siempre come
de más, denle poco!”, “¡ey deja ahí tenemos que dejar comida para más tarde!”.
En
ese momento comencé a recordar lo bien que había disfrutado los platillos
deliciosos del pueblo del que partimos para venir hasta la sierra.
Y
vale la pena contar lo que vivimos en aquellos pueblos:
Antes
de ir a la sierra pasamos por Fresnillo y Sombrerete, en este último sitio conocimos
algunas cosas interesantes del pueblo, como por ejemplo “Las Brujitas”, un
lugar muy popular que vendía y sigue vendiendo una especie de tacos de masa
rellenos de frijoles, carne y papas, muy ricos, y los llamaban brujitas porque
la gente decía que “volaban como brujitas” ya que se acababan rápidamente, y sí
que volaban pues con lo poco que quedaba no alcanzamos a llenar nuestras tripas,
pero para terminar con el hambre fuimos a otro puesto llamado “Tacos de Papel”,
también lugar tradicional muy conocido en Sombrerete.
Volviendo
a Sierra de Órganos, después de la disputa por la comida caminamos sierra
adentro, despreocupados un poco del todo y con la intriga de saber que había
más allá del sendero. Nos encontramos con un árido terreno, rocas de formas
jamás vistas, hierbas secas por doquier, pinos, mezquites, tecolotes, y un
silencio absoluto que nos invitaba a callar
y escuchar el pasado de las piedras.
La
tarde ya caía, el sol se apagaba y lo que fue un día caluroso se convertía en
algo no tan caluroso. Nos informamos de todo cuanto hay que ver en Sierra de
Órganos menos del clima, menos del pinche frío que hacía en cuanto el sol caía.
Un frío que solo los coyotes de ahí y sus madrigueras conocían.
No
pegamos ojo toda la noche, tratamos de cubrirnos con lo que teníamos, con
toallas y ropas pero eso no servía de mucho. Recolectamos las pocas ramas que habían
a nuestro alrededor para hacer una fogata pero encima que no eran demasiadas no eran las indicadas
para hacer fuego.
Lo
único que quedo como consuelo fue un repelente de mosquitos que por suerte era inflamable,
así que lo rociamos en las ramas y le prendimos fuego, las llamas duraron unos escasos
minutos pero fueron los necesarios para recordarnos que en sitios como este no
se viene sin armas… sin comida ni abrigo.
Pase toda la madrugada esperando a que el sol naciera, nunca había esperado tanto los cálidos rayos de astro rey.
Pase toda la madrugada esperando a que el sol naciera, nunca había esperado tanto los cálidos rayos de astro rey.
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En la vida nunca había pasado frío y
hambre a la vez.
Esa
noche valore los detalles que siempre están presentes en nuestra vida, pero pasan
por nuestros ojos como si fueran nada y en realidad valen más de lo que creemos,
como el desayuno de las mañanas mientras el sol se asoma por nuestra ventana, la
rica cena de noche servida en mesa muy bien labrada, nuestro abrigo de bordados
finos que nos cubre del viento y el frío.
Vivimos
en una época en la que tan solo con dar un clic obtenemos todo lo que deseamos,
solo tenemos que mover un dedo. Cualquier cosa que pase por nuestra mente está ya
a un paso de nosotros sin ni siquiera hacer un mínimo esfuerzo.
Las
ciudades están tan bien estructuradas para que nada nos falte, para que todo
este a nuestro alcance y vivamos cómodamente por el resto de nuestras vidas.
Pero cuando salimos de las urbes y vamos de excursión a sitios que no tienen nada
que ver con caminos asfaltados y edificios de concreto más que naturaleza virgen
nos comportamos torpes ante ella, de alguna u otra manera siempre hostiles.
Qué
manera de pensar la nuestra que eternamente pasearemos por plazas comerciales,
cines, parques de diversiones, bares, etc. Que pobre pensamiento el nuestro de
dejarles a nuestros sucesores cosas materiales en vez de cosas verdaderamente esenciales.
Más
hereda aquel hijo que se le dejo el buen legado para entender de árboles,
montañas y mares que aquel hijo que heredo llaves, plata y mil y un terrenos. Uno
nunca sabe cuándo volverá a la naturaleza pura y verdadera, muchos están volviendo
a ella, mañana puedes ser tú.



