18.7.11

Los extraños sucesos del balcón

 



 
Corrí rápidamente a mi habitación, la puerta se encontraba rudamente corrompida, el cerrojo yacía en el suelo, las fotografías del vestíbulo inmóviles, con una áspera sensación de que fueron vistas minuciosamente  por unos ojos insaciables de persistencia, los retratos en la pared podían decírmelo. Subí corriendo a la alcoba y descubrí rápidamente desemejanzas, a lo lejos la puerta del balcón forjada, como si se tratase de un experto en quebrantar puertas, corrí acongojado,  la silla del balcón se mecía por aquel aire de septiembre, chirriando un sonido nada peculiar,  como si quisiese contarme algo, algo que yo no entendía. Los muebles de la habitación se encontraban en absoluto orden, todo estaba inviolable. Advertí que la estancia de este extraño sujeto en la apartamento parecía de una permanencia casi placentera, como si viniese nada más a tomarse el sol en mi alcoba.
Desosegado, confundido y con una respiración casi consumida desde mi balcón mire hacia la calle, esperando alguna respuesta en aquellos transeúntes, tan solo una contestación que me dieran a lo ocurrido en mi domicilio. Observe una por una, pero solo dibujaban en sus caras desconocimiento. Agache la mirada por un momento e introduje la mano al bolsillo, mi semblante repentinamente cambio al tocar aquellos billetes verdes que me hablaban de una suma casi millonaria. Alce los ojos al cielo seguido de un confortable respiro de libertad. Voltee al poniente, a aquel banco que había visitado minutos atrás y que se alcanzaba a divisar desde mi alcoba. Me percate rápidamente de existencias perturbadoras en aquel lugar, una muchedumbre de personas, que parecían hormigas desde donde me encontraba. Después de unos segundos escuche un par de sirenas que merodeaban la zona, me agache velozmente en cuanto estas se hicieron visibles. No pasaron ni tres segundos y mis ojos acobardados se encontraban de nuevo fijos en aquel banco. Me asomaba una y otra vez, mientras temblorosamente contaba el verde en mis manos, billete tras billete, latido tras latido, la adrenalina parecía no tener censura. Entre muchos tirones de ojos me encontré entre las hormigas a una nada comprometedora, una de ellas mantenía la mirada fija hacia donde me encontraba, tal desconcierto me hizo tirar el dinero al piso y quedarme paralizado. Por un momento pensé que estaba alucinando, y para sacar la duda al descubierto volví a echar un ojo a aquella turbadora zona.
Una gabardina oscura le cubría, tenía una posición algo longeva, con una mano tomaba su sombrero y con la otra se tocaba la barbilla, estaba casi seguro de que me echaba la mirada. Podía adivinar por su semblante y su postura que sus intenciones hacia mí eran indiferentes a las personas que lo rodeaban, puesto que la muchedumbre estaba muy agitada y él aparentaba inacción. Hubo un momento en que nos fijamos la mirada uno al otro por un largo rato, el permanecía inmóvil con su misma posición y yo con la mía. Él desde aquella lejanía quizá miraría una parte de mi rostro, y quizá también estuviese viendo en mí un gran temor, pensaba yo.
Pronto el sujeto dio unos pasos y se fue alejando lentamente sin interrumpirme la mirada, y al minuto desapareció. Vertiginosamente tome las cosas más valiosas y apreciadas de mi habitación, y así como entre por la puerta así salí de ella.
Mientras corría fugitivo tras timar el banco y con presuntas sospechas, volteaba a cada rincón, a cada esquina esperando no hallar de nuevo la mirada de aquel sujeto, o aun peor, corriendo detrás de mí.

Todo el plan se desmorono completamente, la estancia en mi apartamento ya no seria de largos días para después emprender mí huida, tenia que salir de inmediato de la ciudad sin dejar rastro alguno debido a esta extraña aparición. Me vi forzado a tomar un tren lo más antes posible o resguardarme en una furgoneta de correos que vi de pronto pasar. Pensé en la última opción y no tarde ni unos minutos y ya estaba en el almacén de correos, a los pocos minutos ya me encontraba dentro de la furgoneta. Fue un acto inconcebible pero alentador el haber infringido la puerta trasera para introducirme en ella. El furgón partió a los pocos minutos.
Podía escuchar dos voces en la cabina, el insoportable ruido del motor impedía casi que escuchara sus conversaciones. En un momento de reposo trate de desentrañar y comprender sus charlas.
- ¿Y Zapopan es un buen lugar para vivir? -escuche al pasajero preguntarle al conductor.  

De Zapopan a Tapachula, de Tapachula a Managua, de Managua a Bogotá. En menos de treinta días.

 
Sudamérica parecía ser completamente mía. Primeramente  lo fue en Nova Friburgo donde la vida tropical me amerizaba sin despanzurrar estadías. Ahí me establecí por un tiempo. Aquella noche cálida que llegue sabía que los lugares aledaños atisbaban mi apetito excursionista y  tocaron a mi puerta con mayor resonancia una mañana de septiembre, casi un año después que llegase. Sentí una piel nómada esa misma mañana. Al alba mude aquella piel sedentaria.

Conquistar cada región sudamericana implicaba desfalcarme de cinco a ocho billetes de los casi quinientos que poseía. Podía visitarlo todo en la vida y embutirme hasta los más insólitos lugares; islas, puertos, pueblos, ciudades, metrópolis. Los edenes estaban por todas partes. Eestaba en el mismo cielo y no me percataba de ello. El verde colmaba los panoramas.
Las ramblas casi siempre daban al amanecer y al atardecer y muchas de ellas al mar, el quehacer estaba a la vuelta de la esquina, las calles eran fructíferas y abundaban las gracias y las de nadas por doquier. Los perros y los gatos ahoyaban y merodeaban a un acento latino y eran tan libertinos y alegres como muchos de mis vecinos. Aprendí que la risa de los pueblerinos les llegaba hasta las orejas y las de los capitalinos solo hasta las mejillas, los lugareños vivían en un nirvana interrumpido y los urbanos en una cárcel de papel. Las mujeres provincianas las conocías a compases semanales y en sinfonías tersamente cálidas mientras que a las capitalinas a veloces compases y a sinfonías férreamente tropicales.
Zamba y bossa nova por un tiempo, después el candombe montevideano y la murga uruguaya, a un salto de ahí pase al  tango para después brincar a la chilenidad folclórica, más arriba la música andina y sus melódicas quenas. La sala y el merengue en Venezuela y la cumbia colombiana como su compañera. El Caribe aislado de Suramérica pero siempre fiel a su polifonía y ritmos que esta le compartía. De lo último que entraba por mis oídos y de lo que no quería escuchar era del mariachi, música que se avecinaba muy pronto.  



Los años pasaron volando en Sudamérica, veinte años me perseguían desde aquel fatídico día en que emprendí esta fantasiosa hazaña de rodar de un lugar a otro, de conocer entidades nuevas, placenteras y nefastas. Poco a poco los billetes se volvían uno y los caminos dejaban de bifurcarse. 
Mi promesa después de veinte años seguía en pie, mi robo tenía que saldarse de alguna u otra manera tarde que temprano, y que mejor manera de hacerlo por mi propia cuenta, sabia que el karma tocaría uno de estos días a mi puerta, así que mejor fui yo quien decidí buscar al señor karma y hacerlo pasar a mi vida de una manera entrañable, antes que este me sorprendiera o entrara a mi ventana de un modo criminal. Decidí pues entregar esta alma fugitiva a la prisión.
Aquel lugar natal me esperaba, sentía seguidamente a alguien detrás de mí que susurraba a mi odio palabras de rencor y rabia, los prejuicios al parecer cada vez mas se hacían presentes, sabía que tenía que volver a ese lugar ahora mismo. Pensé que la mejor manera de entregarme a la justicia tenía que ser la mas justa. Iría al banco a donde había timado, pronunciaría sin pavor alguno que yo era aquel tipo que había robado la sucursal tiempos atrás, que seguramente el banco recordaría aquel caso abominable, y  no tardarían mucho en apresarme.
Arribe a aquella ciudad natal donde seguramente pasaría el resto de mis días preso. Emprendí la morada mas funesta de mi vida. Al salir del aeropuerto me dirigí amargamente a recordar la casa donde vivía, antes de entregarme.

Las avenidas ya no eran las mismas, las personas olían diferente, como a un aroma bastante industrial. Los cerros de la ciudad parecían ahogarse de casas caprichosas. Las calles se entrecruzaban unas con otras de una manera quimérica. La gente parecía adaptarse a cada arquitectura que se le presentase a cada esquina. Una urbe bastante peculiar.
La línea divisora ya no me hablaba de un límite afable y reposado si no de un borde inquietante y latente, que parecía querer traspasar límites e ir más allá, como una ola siendo abatida por una rigurosa pared, en eso se asemejaba bastante.
Las últimas monedas que me quedaban de aquella suma casi millonaria llegaban a su fin, hacia algo de viento, fui en busca de un abrigo, entre a una pequeña tienda de ropa y compre lo primero que encontré sin percatarme de lo que había adquirido, rápidamente me vestí la gabardina y debido a al brusco aire me lleve a la mano el sombrero, y proseguí mis pasos hacia mi antigua casa.

A lo lejos podía divisar aquel apartamento, aquel hogar que me hablaba de recuerdos desdichados, pronto me di cuenta que la fachada de los balcones ya no era la misma, estaba cubierta de metales y de antenas por doquier, los colores añejos de la perded se habían perdido y ahora existían colores rosados inadecuados.
Subí tranquilamente a la habitación donde antes vivía y toque con mis nudillos a la espera de que alguien abriese, tres minutos de espera bastaron para darme cuenta que no había nadie dentro. La curiosidad me venció, rápidamente saque una navaja y con gran fuerza y a mil intentos despoje el cerrojo de la puerta, al abrirse me tope con una pared donde había retratos de un personaje ya pasado de la adolescencia pero no tan lejos de esta. Pronto empecé a recordar mis fotografías aquellas que colocaba en el muro, mis retratos con las mismas características y posiciones en que las acomodaba, fisgoneaba y fisgoneaba. Se trataba de un personaje desigual a la gente de afuera, bastante utópico, y parecía que de tras de sus ojos le perseguían cientos de afanes. Abajo en el comedor todo parecía distinto, salvo los muebles, parecían ser tan actuales. Subí inmediatamente y las entradas de luz en la alcoba eran las mismas, no quise tocar absolutamente nada salvo la puerta del balcón, me dispuse a abrirla pero me di cuenta que se encontraba cerrada, pude conseguir abrirla inapropiadamente. La vista parecía ser más caótica que años atrás, la ciudad parecía estar muy intranquila, muchos lugares que antes concurrían habían sido transformados totalmente. Poco a poco mi mirada fue acostumbrándose. Luego de unos segundos cambie la visualización hacia el poniente, y ahí estaba todavía aquel banco, había cambiado bastante, apenas pude reconocerle. Se acercaba mi fin me pregunte.
Ásperamente salí de aquella habitación sin importar que me había filtrado en aquel hogar sin autorización alguna. Encamine mis pasos hacia el banco muy lentamente, fueron los pasos más terribles de mi vida, agachaba la mirada mientras enfilaba mis pies. Faltaban tres manzanas para llegar, para hacer entregar este excursionista prófugo que llevaba dentro.
Estaba ya en la esquina de la avenida. De pronto se hacen presentes demasiadas personas en el banco,  las sirenas se hacen sonar y llegaron  investigadores y policías. Rápidamente la voz se esparce y la noticia se hace saber, “un presunto ladrón acababa de timar el banco con gran éxito”.
No sabía si era verdad tal realidad o era cuento tal suceso, pero sabia que entregarme a la justicia en ese momento era tan inoportuno e irónico.
La multitud y yo parecíamos no ser parte del investigativo clan, adivine que debía salir de entre el caos y la gente, me aparte a poca distancia de estos. El viento de septiembre era arrogante y pronto me baje el sombrero, di una media vuelta, enfile mis pasos no muchos metros del banco y de las masas, pronto destine mis ojos a los balcones lejanos de mi vetusto domicilio, todos permanecían descampados, advertí que el balcón donde estaba hace pocos minutos existía alguna presencia  incauta, me lleve la mano al mentón tal como solía hacerlo “El pensador” pero con una mirada ojos arriba. Aquella presencia en el balcón que parecía vestirse de temor y confabulación me miraba y yo lo observaba, solo podía verle de cabeza y hombros, su aspecto atinaba ser jovial. El sujeto del retrato que había visto en la pared de aquella casa en carne y hueso. Bien podíamos caber los dos en aquel balcón, compartiendo quizá la misma sospecha y conjetura, me pregunte.
Entra tanto entrecruce de atisbos y miradas lleve mis dudosos pasos de nuevo hacia aquella morada. Cuando me encontraba ya a dos calles divise más de cerca el balcón, atinaba estar acompañado más de ausencia que presencia, y me supuse que quizá la habitación también, el sujeto parecía ya no estar dentro, así que pronto apresure mis pasos, esperando quizá tropezarme por suerte con aquel individuo.
Llegue y el apartamento se encontraba vacio, pensé por un momento que aquel hombre ya debía estar mas cerca de la libertad que yo de la mía.
Al llegar a las puertas del balcón note que un pequeño remolino de aire hacia girar unos billetes verdes, los tome y me los lleve al bolso, era una suma de esas que te podías gastar en un casino todo un fin de semana y salir con el mismo dinero con el que entraste, una suma nada comprometedora, las migajas de un recién timador millonario, pense, con gran incertidumbre. Mas que por quedármelo y hacérmelo propio, fue una simple ayuda de no dejar evidencia alguna, como si le echara una mano a este mellizo sujeto.     

Las semanas se hicieron presentes y mi entrega se hizo esperar. Alquile la habitación que se encontraba abajo del apartamento que antes habitaba aquel extraño inquilino y que antiguamente poblaba este ser fugitivo que acarreaba en mí ser.
La arrendadora pronto se dio cuenta que el local de arriba ya olía más a desatención que a cortesía y lo dio por desdeñado, otra vez más. El mobiliario de aquel apartamento comenzó a desaparecer poco a poco, la propietaria y los ladrones parecían ser parte de la fulminación de aquellas cosas.    
            No pasaron muchos días en advertir que existía ya un nuevo inquilino en el apartamento.    
            Ese día en que se asentó sentí una bruma enigmática sobre mi techo, sus pasos que se oían en mi techado asimilaban impaciencia, como si quisiese salir por el balcón corriendo.   

Una tarde subí a su habitación, toque y el hombre me abrió las puertas, vestía un ropaje negro medio menesteroso que se asemejaban a mis vestimentas fabriles, su aspecto se entremezclaba ente un hombre industrial y uno hombre cortés, podía leerle una inquietud en su semblante y un desosiego en sus movimientos. Me atendía con desatención mientras sacaba de unas cajas un par de retratos de él y los colocaba en la pared y a la vez yo le seguía una conversación de esas que dos desconocidos in concurridos pueden tener. La charla comenzó con un simple parloteo de palabras impensadas, después el sujeto conllevo la conversación a leguajes sugestivos a tremenda intriga coloquial. De tanto verbo no me había dado cuenta que ya habíamos subido las escaleras, de una manera casi súbita reposamos nuestro dialogo en aquel turbio balcón.

-¿De donde vienes? –pregunte.
-Acabo de salir de la celda hace unos días.
-¿Y cual fue tu crimen? –exprese con vos fisgona.
-Yo nunca e cometido crímenes –dijo con gran disgusto.
-¿A que se debe entonces tu apresamiento?
-Me culparon de un asalto bancario hace unos veinte años, el cual yo nunca efectúe, la justicia al no encontrar al verdadero autor del robo pronto se hizo de un falso autor, y ese fui yo –aporto enfurecido.
-¿Qué…? -Trague saliva.
-Aun estuviera pudriéndome en la celda, por fortuna logre fugarme. Un viejo prisionero se compadeció de mí, era el único condenado que me comprendía de aquella deplorable cárcel y sabia de mi adulterado crimen del que se me etiqueto, era como mi preceptor,  todos le daban por loco. Siempre nos contaba de sus viajes fantásticos por Suramérica y un sinfín de historias y memorias increíbles de las cuales nadie le creía, mas sin embargo yo siempre era todo oídos para él, me apasione de sus cuentos con gran fanatismo. Éramos los más desdichados de los ojos de los condenados. Lo mas curiosos y mordaz es que el mismo día que me apresaron, ese mismo día este hombre se entrego por un delito que había cometido años atrás, un acto de difícil comprensión el haberse hecho presente a la justicia y proclamar a verbo ardiente su crimen, y vaya que era muy similar al artificial delito del que se me acusaba, hasta la fecha aun no comprendo como pudo haber tanta autenticidad entre su disparate crimen y mi simulada calumnia. Este viejo me ayudo e ideo con gran juicio e inteligencia el plan de mi escape. -aporto volátil a manera atrayente.
-¿Y que piensas hacer ahora que estas libre de tu contención? -remate con pobre maniobra   verbal.
-Poseo un crimen que a juicio falso nunca me perteneció, como represaría a esto me siento con absoluto derecho de cometer fechorías y un sinfín de delitos sin que se me haga justica. Al fin y al cabo ya todo esta adeudado con dos décadas de fraudulenta reclusión.
-¿Y que vas hacer como vengativa? ¿Acaso piensas hacerte rico del capital que posee aquel banco y pegar una audaz fuga a Suramérica? Quizás la justicia no te encuentre y termine siendo el falso autor de tu robo un mísero ciudadano  de los que rondan por aquí, quien sabe... quizás puede que sea yo. –exclame con vos ocurrente y humorística, pero muy al fondo siendo esta vos imantada por una atrayente veracidad.
Dicho esto pegamos una tremenda carcajada a mil risotadas. 

Después una mudez profunda e infinitamente intrigante nos apreso.

 

0 comentarios:

Publicar un comentario