27.11.12

EL HOMBRE MILLONARIO







 

Pase la mañana posado debajo del árbol discurriendo lo que había sucedido el día anterior, era un día después del solsticio. A lo lejos, observaba como el sol se columpiaba sobre las montañas del este, y los chemtrails, como de costumbre, rayando el cielo casto. Percibía como todo existía y a la vez no existía. A mi lado podía ver las viejas raíces del árbol aferrándose a la tierra seca. Escuchaba como las hojas rozaban unas con otras, distrayendo al silencio. Mi gusto y olfato se mecían deliciosamente sobre las nueces que comía. Mi sentido del tacto se encontraba ausente de mi cuerpo, pues sentía como era cielo y los vientos ocurrían sobre mí, sentía como era horizonte y palpaba la indescriptible división de cielo y tierra. Sentía como era cuerpo y volvía a estar en casa, mi hogar, donde habito.
Pronto me aleje de ahí, del árbol que muchos llaman “El árbol de Hernán Cortes” puesto que a muchas personas se les ve lagrimear en ese sitio, como si el ahuehuete les sirviese de consuelo. Toda alama que consuela necesita a otra quien la consuele. Siempre creí que aquel árbol exigía a alguien que lo consolara, y creí que yo era el indicado. El árbol se situaba cerca de una industria manufacturera, anticuada y arcaica. La fabrica no era mas que una maquina emanando aires irrespirables y el ahuehuete le acompañaba desprendiendo aires de libertad. El uno y el otro se ayudaban, mantenían un equilibrio que no podía comprender. Me supuse que ambos eran distintos pero a la vez iguales, dos polos de la misma cosa.
Mientras me alejaba, miraba pasar a los trabajadores que se dirigían a la maquina humeante, una labor ardua les esperaba, me pregunte. En sus rostros se pintaban unos ojos lánguidos e indolentes, unas mejillas inexpresivas y una frente agachadiza. Imité el caminar de uno de ellos en mis adentros, y a los pocos segundos me coloqué en sus zapatos. Me sentía terrible. Cargaba un cuerpo hidratado de turbación y deshidratado de atrevimiento, un ropaje miserablemente pobre en una piel aun más pobre. Después imagine masticar las nueces en una de sus bocas y no me sabían tan bien, imagine oler la mañana y no encontré ningún aroma. Al par de unos minutos abandone sus cuerpos, me introduje en el mío y desorbitado me marche de ahí. Mi labor finalmente había terminado.
Tenía que llegar a la ciudad lo antes posible, la carretera era duradera caminado. Los carros aceleraban su paso cuando exigía ráete. El sol se tornaba infernal y el reloj incomprensible.
Regresaba de un perseverante labor. Se me dio una tarea inusual y bastante caprichosa por parte del despacho en la que trabajaba, poseía una demente responsabilidad:
 La compañía pronto llevaría a cabo un magno proyecto en una zona inhóspita, lejos de la ciudad. Debía permanecer por lo menos diez días estudiando ese sito inhabitado de una complexión de desamparo. Percibir, distinguir, notar, percatar el lugar con mis cinco sentidos. Traducir el lenguaje natural al lenguaje material. Descifrar lo que los vientos decían y las piedras callaban, interpretar el idioma de luz y sombra, discutir con el día y la noche, mediar con la luna y el sol. Sufrir, padecer y soportar la naturaleza virgen, llena de siglos y enigmas. Todo ello para transcribirlo a muros y techos que pronto habitarían en ese lugar.
Nunca imagine que se hicieran este tipo de análisis dentro de la arquitectura.
Al principio mi labor me parecía una tontería. ¿Cómo diablos iba soportar diez días en aislamiento total en medio de valles, animales y leyendas? ¿Qué tenia que estar yo haciendo ahí platicando con la nada?
Recuerdo que el primer día me instale a modo torpe y desleal. El último día me marche de manera sabia y cortés. Porque después de todo, me cultive de una siembra desconocida que yo no quería conocer.
Nos hemos vuelto gente periódica, pues de nuestros oídos solo lo que deseamos oír, de nuestras bocas lo que queremos hablar, de nuestros ojos solo lo que necesitamos ver y de nuestras manos solamente lo que apetecemos hacer. Entonces nos convertimos en periódicos y rara vez en libros.

            Todas las mañanas como de costumbre, bajaba de los valles y me posaba debajo de aquel árbol, situado cerca del sitio de estudio. Era el único lugar donde gente y naturaleza convivían. Yo solo entre aquellos valles me sentía únicamente individuo, y nunca gente. Los primeros días creí sentirme poblado cerca de la industria, pues los suelos de ahí dibujaban caminos y no plantíos, los aires pintaban ruidos y no silbidos, estaba con la especie. Los trabajadores del lugar a menudo me miraban pero jamás me hablaban y nunca se acercaron a saludarme.  Al pasar lo días advertí que en ese lugar no había gente, no había esencia, a pesar de que veía personas pasar.
Pensaba mucho en ello.
Los silbidos y plantíos siendo parte de la naturaleza no necesitan ser Algo, pues ya son Algo. Los caminos y los ruidos hechos por el hombre en realidad necesitaban ser Algo, pues aun no son Algo.
Por un momento pensé que el camino cumplía una función y por lo tanto ya eran Algo, pero me di cuenta que no era así.
Quienes caminan por el camino son obreros, la función única e inalterable del camino es conducirlos a una ocupación, a una tarea que los obreros aborrecían. No necesitaba preguntar si degustaban su trabajo con deleite pues en sus caras podría encontrar la respuesta, repugnaban sus labores.

Mientras caminaba por la carretera recordaba todo lo vivido en aquellos valles. Llevaba en mi espalda una mochilera insoportable de cargar y en la mano una maleta muy ligera, esta última contenía un sinfín de estudios, apuntes y observaciones que realicé en el sitio y que por ningún motivo podía descuidar. Es curioso que los objetos más livianos que poseemos en esta vida tengan mayor importancia que los artefactos más pesados, entre más ligeros mayor el significado, para algunos lo es una carta o un anillo, para otros el alma o el Espíritu, este ultimo el más ingrávido.
 Después de caminar varios kilómetros la pesadez de mis pies pedían descanso, pero justo cuando me disponía a reposar escuche el ruido estrepitoso de un autobús con ruta rumbo a la ciudad.
Mientras reposaba mi cabeza en una de las ventanillas del autobús, contemplaba los valles que aun se dejaban divisar y el movimiento rítmico de los sembradíos que solo a velocidades mayores se pueden apreciar. Aun me preguntaba si el ser humano necesitaba ser Algo, o simplemente ya era Algo. Veía como las colinas y arboles gozaban de ser Algo, al igual que los perros y gallinas de los establos que de pronto aparecieron. De repente el Algo se había esfumado cuando devolví la mirada a los pasajeros del autobús.
Repasaba cada uno de lo sucesos en los valles.
Hubo días en los que el sol no cesaba de carbonizarme vivo y noches en que las estrellas refrescaban mis recuerdos.
Recuerdo una noche, en la que las nubes cubrieron toda luz nocturna, me encontraba lejos de mi estancia sin ninguna luz artificial, creí volver antes del ocaso pero éste me apreso. La penumbra noche me obligaba a permanecer alerta, trataba de ubicarme donde mas resguardado me sentía. De pronto la negrura me embosco y me tendió unas de las trampas más mortíferas para un cuerpo paseante en esta vida; la oscuridad. Permanecí inmóvil en lo alto de las rocas al asecho de las tinieblas. Cada sonido que escuchaba parecía provenir de una bestia ávida. Sospechaba presencias detrás de mí queriendo aprehenderme. Podía sentir el aire fresco sobre mi transpirable frente, tenía unas tremendas ganas de no permanecer ahí. Espere a que un animal llegase para enfréntalo pero nunca llego, a pesar que lo sentía a poca distancia jamás se acercaba a mí. Entonces decidí enfréntalo yo. Tome una rama a como pude y mientras le daba forma de lanza pensaba como seria tal alimaña, entonces me di cuenta que el animal no se encontraba fuera sino adentro, en mí. 
No hay oscuridad más negruzca que aquella que resulta del pensamiento, ni una noche sin lunas y estrellas se le puede comparar. En la claridad del día uno experimenta tinieblas, no obstante con la vasta iluminación del sol aun se nos torna embrollado percibir la luz, creamos un mundo de negruras en un mundo de blancuras.
Enfadado, en medio de la negra noche arroje la lanza, repose mi cuerpo sobre las rocas, mas frías que duras, imagine que me encontraba tendido en la suavidad de aquella naturalidad y no en la negra oscuridad, y entonces cerré mis ojos. Daba igual si los tenía abiertos o cerrados pues físicamente no podía observar más que opacidad absoluta. Me decidí por cerrar mis parpados e idear luz de mis recuerdos, traje a mi memoria aquel momento en el que estaba sentado en la cocina recibiendo el sol de la mañana, desayunando alegremente con mi esposa y mis hijos, era increíble como los rayos del sol penetraban por el ventanal. No comprendía de donde provenía esa luz que se creaba dentro de mis pensamientos. Después recordé el momento aquel que cenamos en la mesa, en medio de una pequeña vela, contentos probando un chocolate caliente. Aun la vela creaba luz, mis pensamientos creaban luz. Recordé entonces que uno de mis hijos apago la vela y después todos nos reímos de tal diablura. Ya no podía crea luz en mis pensamientos debido a que se había apagado la vela, pero si podía recordar la alegría y las carcajadas en medio de la oscuridad. A pesar que la vela carecía de luz, existía otra cosa que prometía una luz insaciable e incomparable y difícil de extinguirse.

El autobús me dejo a unos metros del templo donde hace tiempo solíamos asistir mi familia y yo. Al bajar, mis extenuados pies se entregaron a las aceras de la urbe. Caminaba con una tremenda pesadez. Cuando pase enfrente del templo recordé a aquellas palomas que bañaban de heces los remates de la fachada, curiosamente ya no anidaban en los entablamentos del templo, se habían mudado a la techumbre de una casa de aspecto sugerente, de colores impertinentes y fachadas intrépidas, a lo largo de uno de sus muros se extendía un enorme letrero que anunciaba “Reiki y Meditación” y objetivos vinculados con la erudición, gnosis, metafísica y ocultismo.
Se distinguía un desmedido contraste entre la casa y el templo. En medio de los dos se localizaba un terreno baldío, desolado, de una arquitectura mendiga y humilde. Ahí habitaba un vagabundo, un alma extraviada me supuse. Advertí después que  aquel hombre menesteroso del baldío daba de comer a las palomas, sentado desde una banca les arrojaba grandes trozos de pan. Su mísero ropaje tenia una desemejanza excepcional de su rostro, pues su semblante se vestía de un inmenso júbilo. Mientras les sonreía a las palomas y a los gatos, que pronto se dejaron ver, saludaba alegremente a las personas que veía pasar, me cautivaba su modo complaciente y apacible de tratar cada segundo de su vida. Se percibía  un alborozo en aquel indigente, podía sentirlo.  
Me acerque a él esperando un saludo de su parte, pero ni una palabra de su boca salió. 
-Buenas tardes –saludé.
-Buenos días –me dijo.
-Pero si ya pasa de mediodía –repuse.
-Mientras luz se vea en lo alto días serán, no existe diferencia entre tarde y día.
-¿Y desde que hora empieza la noche? –pregunté.
-En el instante que prendes un foco, una bombilla, o si lo prefieres, en el momento en que vas en busca de la leña y te preparas para hacer una llama, entonces comienza la noche.
-¡Pero quien va hacer fogatas en estos tiempos! –me carcajee en mis adentros.
-El templo que esta a mi derecha, por ejemplo, prenden fogatas, ellos viven de velas, en cambio la casa a mi izquierda viven de iluminación eléctrica, de bombillas.
-¿Y usted cual usa, cual luz prefiere? 
-No puedo preferir ninguna. ¿Por qué te dirigiste a mí, y no al templo o a la casa de mi izquierda?
Pronto me di cuenta que el alma extraviada no era él sino yo.
-No tengo la menor idea –respondí.
-Yo tengo la respuesta –respondió inmediato.
-No creo en sus palabras, no creo que la tenga la respuesta.
-Lo se muy bien. Te conozco, tu asistías a este templo años atrás. Entrabas pero nunca me mirabas, salías y tampoco lo hacías, y eso hacías repetidas veces durante muchos días. Ocurrió después que ya no concurriste al templo y no supe ya nada de ti. No estoy viviendo aquí por casualidad, a lo largo de todo este tiempo he conocido multitud de gente en este sitio,  suntuosamente entran por los portales del templo, cuando acceden por el portal los cuadrúpedos prejuicios les dejan de perseguir, y cuando salen, de nuevo estas alimañas van de tras de ellas. Al pasar el tiempo se sienten atraídos por el anuncio de mi izquierda, entonces su nueva concurrencia ahora es la casa sugerente y jamás vuelven a entrar por los grandes portales. Pasa que después de presentarse cientos de veces a lo sugerente regresan trastocados al templo, con los mismos acechantes cuadrúpedos en sus espaldas. Pero existen pocas personas que después de andar por estos dos edificios vienen a saludarme, como tú lo haz hecho hoy. Tú no permaneces ni de un lado ni del otro sino conmigo.
-No entiendo lo que me estas tratando de decir –dije a modo acongojado.
-¿Qué luz prefieres, la luz de una vela o la luz de una bombilla? Podrás pensar que las dos luces son distintas pero ambas provienen de la misma cosa. Está bien si ayer viviste de velas y hoy de bombillas, lo terrible es si mañana vuelves a encender la bombilla, o aun peor, si regresas a la vela. En cuanto más luz de una bombilla haya en tu vida más te alejaras de la vela, e inversamente. No inclines demasiado la balanza de un lado y dejando al aire el otro lado. El equilibrio es vital.
 Las palomas se mudaron a la casa sugerente por que les asusta el búho falso que el templo coloco en la cúspide del portal y los gatos se movieron al templo por que les espanta el embravecido perro que hay en la casa. Pero como puedes ver en este baldío a estos dos animales nada se les impide, incluso se les da.
Los animales y las plantas se mueven al compas de los movimientos que crea el Director de la orquesta, todo ello conforman una armónica canción, al igual que los cielos, las montañas, los océanos, las estrellas y todo lo demás. Cuando una manzana se pudre o un ave muere pensaras que en ello existe una discordancia pero en realidad hay una total musicalidad creada por ese Director. Todo es música, pero para que esta música tenga consonancia debemos nosotros, los seres humanos, también ser parte de la orquesta. Los gatos y las palomas vienen a mí por que encuentran afinidad rítmica y no disparidad, ellos y yo creamos música y entendemos los movimientos del Director. Y todo ello para que al final nos ganemos los aplausos del público.
-¿Y quien es ese publico? –pregunté intrigado.
-El público esta dentro de ti, en ti han existido variedad de personas que están esperando aplaudirte. Ya mucho has existido, no esperes a existir de nuevo mañana, que sea esta persona que traes consigo la que reciba esos aplausos. Existe una sola luz resplandeciente que promete la única libertad, una vez libre miraras todo diferente, y con ella, al final de este largo viaje la canción terminara para ti, dejaras tu instrumento a un lado, saludaras al Director, saldrás del escenario y pasearas eternamente en Roma, y no de la Roma que conoces y se te ha enseñado. Cosas incomparables existen ahí.
En este mundo no se es libre si en Venecia encontraste Roma, se es libre si en Roma encontraste Venecia. 
            No tenía palabras para responderle. Como agradecimiento le di mi bolígrafo con el que había escrito todas mis observaciones, las gracias de algo que sabia que entendía pero aun no comprendía. Era un bolígrafo que apreciaba muchísimo, pero lo tenía que dejar.   
                                                                   
Caminaba con mochilera y maleta pensando en las palabras del millonario menesteroso. Su voz me habló de un hombre acaudalado de una recóndita riqueza que no era fácil de obtener, pero sabía que al igual que él yo también poseía tal fortuna, cargaba con ella, la sentía pero no en mi cuerpo. Me preguntaba como es que nunca mire aquel hombre si pasaba millares de veces por ahí, a pesar de las decenas de veces que me senté fuera del templo a tomar el sol.
Era un miércoles por la tarde, los carros guiados por la ansiedad corrían sobres las calles, los edificios de la ciudad flanqueaban los sueños de los transeúntes y sobre el cielo nubes cirrus despedían al sol. Sobre las avenidas la pelirroja tarde emanaba una luz suave rojiza, al par de unos minutos las luces de las ventanas de mi barrio pronto se encendían una por una, la noche comenzaba en cada una de aquellas viviendas.     
La maleta me exigía a gritos que la llevase a la empresa lo más antes posible, estaba a buena hora, pero la mochilera me reclamaba a alaridos respiro y descanso. No escuche los llantos ni de una ni de otra, yo solo quería llegar a casa.
Cuando llegaba a mi morada desde lejos observe a uno de mis hijos jugando en el techo de la casa y el otro de mi hijos le lanzaba una pelota desde abajo, los dos me miraron al mismo tiempo, curiosamente mi hija que se encontraba arriba llego primero a mí, mi otro hijo mirándome apaciblemente se espero a que llegase a él, y entonces se lanzo sobre mis brazos, mi esposa con cara festiva nos observaba desde la ventana. Cuando entramos a casa me percate que las luces se encontraban apagadas, alguien de pronto prendió la luz de la sala y en ese momento me di cuenta que en mi hogar la noche recién iniciaba.
Esa noche mi familia y yo nos desvelamos hasta muy tarde, prendimos una fogata en el patio trasero y hasta que la última llama cedió cerramos los ojos. Fui el ultimo en dormirme, el clima nocturno era mas acogedor que nada, yacíamos sobre una colchoneta con las caras frente al fuego. Cuando comenzó a notarse el silencio en medio de suaves ronquidos pensé en lo que había ocurrido en los valles el día anterior, el día del solsticio.
El sol y yo, quietud, movilidad, la tierra mi causa, el cuerpo mi efecto, permanencia y abandono, respiración y exhalación, ser o no ser, tensar o yacer, existo pero no existo, falto pero no falto. Posición siddhasana, perfección. Volando como un vencejo, eternamente. Me veo, me observo. Entre los valles surcando los cielos, en busca de algo. Como un sueño. Mi alma sale de casa, aseguro puertas y ventanas. No se que soy, si mis pensamientos o mis recuerdos, no debo de ser mis pensamientos y mis recuerdos, debo ser algo más. Una voz, me habla, debo ser esa voz:
- “Como vez, no estas en tu cuerpo, no te encuentras en casa. Ese hogar envejecerá y algún día se desplomara en mil pedazos, entonces te darás cuenta que nunca tuviste casa. ¿Acaso no es el mundo así, tan habitacional como el cuerpo lo es?
Amas las cosas del mundo y a los del mundo, solo eso sabes hacer.
El hecho de que existas no significa que libre seas, representa algo más.”
Recuerdo que cuando volví a mi cuerpo, me pregunte donde diablos había permanecido, a donde había ido. El mundo, al principio, lo miraba en blanco y negro y desfigurado,  después cada color poco a poco fue añadiéndose a cada textura y cada cosa fue adquiriendo forma. Sabía que la materia se reía de mí, opacaba su sinceridad ante mis ojos. Por primera vez en mi vida había visto el mundo diferente, físicamente. Sabia que el mundo físico no significaba mucho, siempre lo supe.
Desde la colchoneta podía divisar el alba que pronto brotó detrás de los árboles de la casa. Uno de mis vecinos encendía su coche para dirigirse a su trabajo y yo le saludaba desde mi patio, éste me saludo pero en cuanto miro la escena en la que nos encontrábamos mi familia y yo, envueltos en el suelo, pronto se dio la vuelta, apeteciendo nuestras vivencias que sus hijos y él carecían. Jamás había sentido los ojos tan cansados, el sonido del motor del coche tenía un ruido arrullador, y a los pocos segundos me tendí sobre mi esposa y me dormí.
Recuerdo que esa mañana tuve un sueño profundo e impenetrable: 
Volaba entre un lago de fuego, enorme y sombrío, y a cada que aleteaba las llamas latían con más intensidad, pero sabia que si no lo hacia jamás saldría vivo de ahí, a como pude me aleje de las llamas y al instante revolucionado desperté del sueño.
A medio día desperté, cogí la maleta y me dirigí a la empresa. Me fui caminando. Pero antes de llegar colisione con una sorpresa, las calles estaban obstruidas por una manifestación que gritaba contrariedad sobre algo que les disgustaba y les amargaba sus momentos. Las yugulares de la muchedumbre explotaban, sus rostros exclamaban. Advertí después que se trataba de un asunto que yo también apoyaba y defendía, pero en ese momento no sentía coraje e ira, por que debería de unírmeles a ellos, me pregunte. Entre la gente se me acerco una pareja, gentilmente uno de ellos me pidió que le ayudase a sostener una de sus pancartas, traían consigo decenas de ellas, la mujer cargaba en sus brazos a un bebé. Me preguntaron si me apetecía ayudarles a divulgar sus mensajes, solamente tenia que sostener una de las pancartas y andar. Acepté. Me posicione de tras de ellos. Se escuchaban gritos por doquier, pero el único grito que mas llamaba mi atención fue el postergado llorido del bebé que traía consigo la mujer, que pronto comenzó a escucharse, pareciese que quisiera expresar algo pero la gran multitud sofocaba su débil manifestación. Me quede observado su llanto recargado en el hombro de su madre, sus lloridos me hipnotizaban cada vez mas, y mas y mas, hasta que perdí toda ensordecedora audición, y no escuchaba mas que sus llantos, entonces comenzaba descifrar cada una de las palabras que el infante me decía:
-Lloro porque algún día ya no dependeré más del verdoso amor que mi madre me concede. Al llegar a este mundo ella me estrecho en sus afables brazos, creceré y con los años eso cambiara, lloro por ese amor. Lloro también por que algún día se esfumara el amor de mi padre, cuando me caía el me socorría. Lloro por que indudablemente ese amor de mis padres se me arrebatara de mis manos. Más tarde iré al colegio y entonces encontrare simpatía en los amigos, les incumpliré a mis padres y les cumpliré a mis amistades, lloro por eso. Arrinconare el amor de todas estas  personas en un baúl por que encontrare al fin el amor que buscaba, en alguien, y culminare en esa persona. Pero pasaran el tiempo y ese amor también caducara, lloro por eso.
Y al fin ya no sabré que amaré y quien me amará, por eso lloro.
De repente salí del trance. Las palabras provenían de mi cabeza, o de alguna otra parte, no sabia de donde pero sabia que algo insólito me había ocurrido. Comprendí entonces que la muchedumbre en la que me encontraba eran todos unos bebés llorando, expresando inconscientemente, Algo que no podían encontrar. Pronto salí corriendo de ahí, me aleje lo mas que pude, preguntándome si yo también era como un de esos bebés que lloraban toda la vida. Atormentado entre a un restaurante, me senté en una de las mesas. Se me acerco una mesera, sabia que pedía mi orden, pero yo solo veía el rostro de aquel bebé sollozando en la cara de la mesera y en todas las personas del restaurante, pronto advertí que aun no salía del trance. Salí despavorido y me senté en una enorme banca de un parque. Todavía me encontraba en el mundo de los bebés, los miraba pasar por todos lados llorando. Cerré los ojos y me tendí sobre una banca.
Había permanecido dormido un largo tiempo, cuando desperté una anciana estaba sentada de lado mío. La banca ya no me pareció tan enorme, como si se hubiese encogido. La cara de la anciana era de los rostros fiables rugosos, granulosos pero sabios. Me miro, me sonrió y se marcho, le devolví la sonrisa. Me di cuenta después que la maleta ya no estaba conmigo, la había perdido.    
Regrese a casa. Mi familia me miro exhausto. Me senté en un sillón que daba a un ventanal, en ella entraba la luz. Mi hijo mi miro, entendía mi malestar y sin preguntarme como me sentía se me acerco, saco de su bolcillo un prisma triangular de cristal que siempre traía consigo y me lo puso en una de mis manos. Se lo había encontrado, jamás lo soltaba. Todas las mañanas cuando se levantaba lo colocaba sobre el sol para ver los todos los colores que brotaban de el. Nunca le pregunte por que le gustaba hacerlo. En ese momento le pregunte. En su impúber vocabulario de cinco años me respondió que lo hacia por que solo así encontraba su color favorito, todos. Le dije que solo debía escoger un color como favorito de toda esa gama que formaba el prisma. Se negó y no quiso escoger un color como preferible. Me pidió ansiosamente que lo pusiese sobre la luz para que fuera testigo de todos los colores que emanaban de su apreciable objeto. Lo hice.
Cuando observe toda la gama de colores que manaron del prisma podía ver que todos ellos se entrecruzaban entre si, podía observar la progresión de los colores, del mas cálido al mas frio. No entendía como es que mi hijo era capas de mirar un solo color en toda la gama y no distinguir la diferencia y la elegancia que había en cada uno de ellos. Descubrí entonces uno de los más sabios secretos que uno puede poseer, el entendimiento.
La luz entiende, los colores no son capases de entender. Los colores no entienden de injusticias, la luz entiende. Los colores no entienden de pobrezas, contiendas y enfermedades, la luz entiende. Los colores no entienden a los demás, la luz los entiende. Los colores no se entienden ni a ellos mismos, la luz se entiende. Lo importante no es que la luz entienda a los colores, lo importante es que los colores entiendan de luz.
Cuando la luz atraviesa el prisma esta se descompone y forma los colores, la luz disminuye su velocidad cuando por el prisma se introduce, entonces ya no es libre de viajar a gran velocidad. El prisma es la toda la materia que nos rodea, en la cual la luz se encuentra atrapada. Una vez que descubres la luz vuelves a ser libre, aquí y después eternamente allá.
Después de todo mi hijo me pregunto si me sentía bien, le dije que si, absolutamente. Pronto se acerco mi esposa y me pregunto lo mismo. Más bien no podía estar.   
A los pocos minutos sonó el teléfono, la empresa preguntaba por mí, pero más que por mí por mi averiguación, por mi maleta. Con una calma pasiva y desinteresada les dije que había perdido toda la información, y que ya no me interesaba tal labor, con esa misma calma me despidieron del despacho.

Pasaron algunos meses. Me habían ofrecido otro trabajo. Mis hijos seguían aprendiendo, mi esposa seguía yendo al Taichí y yo seguía existiendo.  
Las cosas eran muy diferentes después de aquel día.
Viví engañado toda mi vida, en muchas cosas. Siempre creí que el del espejo era yo. Me rasuraba y me peinaba pero nunca repare lo que había más allá de mi mirada, las cosas que en realidad tienen que afeitarse y peinarse. Siempre creí que aquello que no me interesaba conocer nada había por aprender, rechazaba y rechazaba, a esa misma medida entorpecía y entorpecía. Me creí todos aquellos cuentos de amor y felicidad, quería repetir esas mismas historias en mi vida, pero nunca me contaron aquéllos cuentos que no fueron escritos por hombres infelices. Me creí todo lo que mis allegados decían, solo por que los amaba pero nunca creí en lo que mis enemigos hablaban, porque los aborrecía. Pensé que ser alguien en la vida seria estudiar el don que traía dentro, mi familia lo decía, mis amigos me animarían, pero nadie me dijo que eso no me serviría. Ser Algo en la vida te lleva a ser alguien en la vida. Pensé que cuando pintaba y de diversas formas me expresaba transmitiría, y todo el mundo me admiraría, pero solamente estaba transmitiendo el vacío que había en mí. 
Y un sin fin de engaños mas.    

Recuerdo que era un domingo por la mañana, yo me encontraba mirando una película, pero antes de que ésta llegase al desenlace mi familia había llegado del supermercado, debía ayudarles a sacar del carro las bolsas que cargaban. Mi hija cargaba la bolsa de mi pan preferido, entreabierta y media vacía.
-¿¡Quién se ha comido mi pan!? –pregunte furioso a mi hija.
-Nadie se lo comió, se lo dimos a un señor que tenia hambre.
-Pues ese señor que trabaje ¡por eso tenemos unas manos! –repuse molesto.
-Pero tenía mucha hambre y no tenia dinero.
-Afuera hay mucha gente con hambre ¡no les vamos a dar de comer a todos!
Andaba sumamente exaltado, mi hija temblaba de miedo y mi esposa me miraba con una cara de sobresalto.
-También le dimos del jugo que te gusta –comento mi esposa.
No andaba del todo bien, irritado arroje las bolsas y me senté sobre la mesa observándolos a que terminaran de meter todo. Se sentía una abrumadora tención. Esa mañana había despertado de mal humor, motivo por la cual mi familia decidido escapar de casa. Cuando ya habían descargado todo mi hijo se acerco a mí.
-Papá el señor pobre que le dimos de comer me dio esto.
Era el bolígrafo que yo le había obsequiado a aquel millonario vagabundo.
Me quede boquiabierto. Sabía que después de ese día los demás serian aun más diferentes. Mi familia había visto la luz. 

Por la tarde mi familia y yo salimos a aquellos valles donde había permanecido apartado. No sabían por que los había llevado hasta ahí, pero a las pocas horas se olvidaron de ello y comenzaron a asombrarse de la opulenta fauna del lugar. La vegetación era más abundante, el verde colmaba los suelos y riachuelos pronto se dejaban ver. Un edén en vida. Éramos cuatro esferas brillantes en medio de un extraordinario paraíso.
Antes de que bajase el sol quería llevara mis hijos a aquel ahuehuete. Bajamos de los valles corriendo como almas tonificadas. Me di cuenta después que aquella fábrica había desaparecido, y aquel árbol se encontraba por por los suelos, endeble y deslucido, sin verdor alguno. Cuando llegue mas cerca me había dado cuenta que un incendio había arrasado con la zona, provocado por la industria. Las raíces del árbol estaban casi carbonizadas. Mi hija lo daba por muerto y mi hijo por vivo. Sabía que un árbol así jamás podría componerse. Sentía una enorme tristeza. 
Mis hijos y yo nos sentamos bajo el árbol. Les hable sobre mis experiencias que había vivido aquellos días en ese lugar. También les hable de Algo que debían saber y jamás debían de olvidar. Fue en aquel ahuehuete que ellos supieron de Algo.

El mes que paso después era tan normal, pero empezaban a notarse buenas desemejanzas.
Mi esposa ya no visitaba con frecuencia las casas sugerentes y raras veces leía el Kibalión, y no como todas las noches lo hacia. Constantemente me decía que algo extraño sucedía en su vida y no era capas de expresar aquello que sentía. Comencé a notar que su balanza comenzaba a equilibrarse. Mis hijos hacían lo de siempre, pero percibían una rutina diferente en casa, per eso bastaba para cambiar sus mecanismos y costumbres. Algunos vecinos dejaron de frecuentarnos porque decían que habíamos cambiado, no entendían. Yo, sencillamente seguía viviendo.
Ese mismo mes  el despacho que me había despedido rogaba que volviese. Me dejaron al mando del proyecto que meses atrás querían construir. Indudablemente, las cosas habían cambiado. 
El proyecto se llevo a cabo, y se inauguro después de nueve meses. Se construyo sobre los descombros de la antigua fábrica. Se respeto aquel árbol, entonces milagrosamente volvió a renacer.      
   

Pasaron los años como los segundos pasan. El tiempo siguió marchando a su ritmo, la gente también. Mis hijos crecieron, mis vecinos  mudaron y mis amigos cambiaron. Mi esposa ya no se encontraba en éste prisma, había dejado su instrumento, y yo seguía viviendo, pero más que viviendo escribiendo mi testamento, para dejar la mas rica herencia de mis ligeros objetos.  



-Tu abuelo conoció como a nadie este lugar.
-¿Y dónde esta ahora?
-En los muros de este edificio, obras de su pensamiento.
-¿Y el nos ve?
-No, se encuentra muy lejos de aquí ¡Lejísimos!  
-¿Y cómo era él?
-Como todos, con Espíritu. Algún día lo conocerás.
-¿Al abuelo o al Espíritu?
-…Ven, bajemos al árbol, te voy a mostrar Algo.

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