Pase la mañana posado debajo del árbol discurriendo lo que había sucedido
el día anterior, era un día después del solsticio. A lo lejos, observaba como el
sol se columpiaba sobre las montañas del este, y los chemtrails, como de
costumbre, rayando el cielo casto. Percibía como todo existía y a la vez no
existía. A mi lado podía ver las viejas raíces del árbol aferrándose a la
tierra seca. Escuchaba como las hojas rozaban unas con otras, distrayendo al
silencio. Mi gusto y olfato se mecían deliciosamente sobre las nueces que comía.
Mi sentido del tacto se encontraba ausente de mi cuerpo, pues sentía como era
cielo y los vientos ocurrían sobre mí, sentía como era horizonte y palpaba la
indescriptible división de cielo y tierra. Sentía como era cuerpo y volvía a
estar en casa, mi hogar, donde habito.
Pronto me aleje de ahí, del árbol que muchos llaman “El árbol de Hernán
Cortes” puesto que a muchas personas se les ve lagrimear en ese sitio, como si
el ahuehuete les sirviese de consuelo. Toda alama que consuela necesita a otra
quien la consuele. Siempre creí que aquel árbol exigía a alguien que lo consolara,
y creí que yo era el indicado. El árbol se situaba cerca de una industria manufacturera, anticuada y
arcaica. La fabrica no era mas que una maquina emanando aires irrespirables y
el ahuehuete le acompañaba desprendiendo aires de libertad. El uno y el otro se
ayudaban, mantenían un equilibrio que no podía comprender. Me supuse que ambos eran
distintos pero a la vez iguales, dos polos de la misma cosa.
Mientras me alejaba, miraba pasar a los trabajadores que se dirigían a
la maquina humeante, una labor ardua les esperaba, me pregunte. En sus rostros se
pintaban unos ojos lánguidos e indolentes, unas mejillas inexpresivas y una frente
agachadiza. Imité el caminar de uno de ellos en mis adentros, y a los pocos
segundos me coloqué en sus zapatos. Me sentía terrible. Cargaba un cuerpo hidratado
de turbación y deshidratado de atrevimiento, un ropaje miserablemente pobre en
una piel aun más pobre. Después imagine masticar las nueces en una de sus bocas
y no me sabían tan bien, imagine oler la mañana y no encontré ningún aroma. Al
par de unos minutos abandone sus cuerpos, me introduje en el mío y desorbitado
me marche de ahí. Mi labor finalmente había terminado.
Tenía que llegar a la ciudad lo antes posible, la carretera era duradera
caminado. Los carros aceleraban su paso cuando exigía ráete. El sol se tornaba
infernal y el reloj incomprensible.
Regresaba de un perseverante labor. Se me dio una tarea inusual y bastante
caprichosa por parte del despacho en la que trabajaba, poseía una demente
responsabilidad:
La compañía pronto llevaría a
cabo un magno proyecto en una zona inhóspita, lejos de la ciudad. Debía permanecer
por lo menos diez días estudiando ese sito inhabitado de una complexión de
desamparo. Percibir, distinguir, notar, percatar el lugar con mis cinco
sentidos. Traducir el lenguaje natural al lenguaje material. Descifrar lo que
los vientos decían y las piedras callaban, interpretar el idioma de luz y
sombra, discutir con el día y la noche, mediar con la luna y el sol. Sufrir,
padecer y soportar la naturaleza virgen,
llena de siglos y enigmas. Todo ello para transcribirlo a muros y techos que pronto
habitarían en ese lugar.
Nunca imagine que se hicieran este tipo de análisis dentro de la
arquitectura.
Al principio mi labor me parecía una tontería. ¿Cómo diablos iba
soportar diez días en aislamiento total en medio de valles, animales y
leyendas? ¿Qué tenia que estar yo haciendo ahí platicando con la nada?
Recuerdo que el primer día me instale a modo torpe y desleal. El último
día me marche de manera sabia y cortés. Porque después de todo, me cultive de
una siembra desconocida que yo no quería conocer.
Nos hemos vuelto gente periódica, pues de nuestros oídos solo lo
que deseamos oír, de nuestras bocas lo que queremos hablar, de nuestros ojos
solo lo que necesitamos ver y de nuestras manos solamente lo que apetecemos
hacer. Entonces nos convertimos en periódicos y rara vez en libros.
Todas las mañanas como de costumbre,
bajaba de los valles y me posaba debajo de aquel árbol, situado cerca del sitio
de estudio. Era el único lugar donde gente y naturaleza convivían. Yo solo
entre aquellos valles me sentía únicamente individuo, y nunca gente. Los
primeros días creí sentirme poblado cerca de la industria, pues los suelos de
ahí dibujaban caminos y no plantíos, los aires pintaban ruidos y no silbidos,
estaba con la especie. Los trabajadores del lugar a menudo me miraban pero jamás
me hablaban y nunca se acercaron a saludarme. Al pasar lo días advertí que en ese lugar no
había gente, no había esencia, a pesar de que veía personas pasar.
Pensaba mucho en ello.
Los silbidos y
plantíos siendo parte de la naturaleza no necesitan ser Algo, pues ya son Algo.
Los caminos y los ruidos hechos por el hombre en realidad necesitaban ser Algo,
pues aun no son Algo.
Por un momento pensé que el camino cumplía una función y por lo tanto ya
eran Algo, pero me di cuenta que no
era así.
Quienes
caminan por el camino son obreros, la función única e inalterable del camino es
conducirlos a una ocupación, a una tarea que los obreros aborrecían. No
necesitaba preguntar si degustaban su trabajo con deleite pues en sus caras
podría encontrar la respuesta, repugnaban sus labores.
Mientras caminaba por la carretera recordaba todo lo vivido en aquellos
valles. Llevaba en mi espalda una mochilera insoportable de cargar y en la mano
una maleta muy ligera, esta última contenía un sinfín de estudios, apuntes y
observaciones que realicé en el sitio y que por ningún motivo podía descuidar.
Es curioso que los objetos más livianos que poseemos en esta vida tengan mayor
importancia que los artefactos más pesados, entre más ligeros mayor el
significado, para algunos lo es una carta o un anillo, para otros el alma o el
Espíritu, este ultimo el más ingrávido.
Después de caminar varios
kilómetros la pesadez de mis pies pedían descanso, pero justo cuando me
disponía a reposar escuche el ruido estrepitoso de un autobús con ruta rumbo a
la ciudad.
Mientras reposaba mi cabeza en una de las ventanillas del autobús,
contemplaba los valles que aun se dejaban divisar y el movimiento rítmico de los
sembradíos que solo a velocidades mayores se pueden apreciar. Aun me preguntaba
si el ser humano necesitaba ser Algo,
o simplemente ya era Algo. Veía como
las colinas y arboles gozaban de ser Algo,
al igual que los perros y gallinas de los establos que de pronto aparecieron. De
repente el Algo se había esfumado
cuando devolví la mirada a los pasajeros del autobús.
Repasaba cada uno de lo sucesos en los valles.
Hubo días en los que el sol no cesaba de carbonizarme vivo y noches en
que las estrellas refrescaban mis recuerdos.
Recuerdo una noche, en la que las nubes cubrieron toda luz nocturna, me
encontraba lejos de mi estancia sin ninguna luz artificial, creí volver antes
del ocaso pero éste me apreso. La penumbra noche me obligaba a permanecer
alerta, trataba de ubicarme donde mas resguardado me sentía. De pronto la
negrura me embosco y me tendió unas de las trampas más mortíferas para un
cuerpo paseante en esta vida; la oscuridad. Permanecí inmóvil en lo alto de las
rocas al asecho de las tinieblas. Cada sonido que escuchaba parecía provenir de
una bestia ávida. Sospechaba presencias detrás de mí queriendo aprehenderme. Podía
sentir el aire fresco sobre mi transpirable frente, tenía unas tremendas ganas
de no permanecer ahí. Espere a que un animal llegase para enfréntalo pero nunca
llego, a pesar que lo sentía a poca distancia jamás se acercaba a mí. Entonces
decidí enfréntalo yo. Tome una rama a como pude y mientras le daba forma de
lanza pensaba como seria tal alimaña, entonces me di cuenta que el animal no se
encontraba fuera sino adentro, en mí.
No hay oscuridad más negruzca que aquella que resulta del pensamiento,
ni una noche sin lunas y estrellas se le puede comparar. En la claridad del día
uno experimenta tinieblas, no obstante con la vasta iluminación del sol aun se
nos torna embrollado percibir la luz, creamos un mundo de negruras en un mundo
de blancuras.
Enfadado, en medio de la negra noche arroje la lanza, repose mi cuerpo
sobre las rocas, mas frías que duras, imagine que me encontraba tendido en la
suavidad de aquella naturalidad y no en la negra oscuridad, y entonces cerré
mis ojos. Daba igual si los tenía abiertos o cerrados pues físicamente no podía
observar más que opacidad absoluta. Me decidí por cerrar mis parpados e idear
luz de mis recuerdos, traje a mi memoria aquel momento en el que estaba sentado
en la cocina recibiendo el sol de la mañana, desayunando alegremente con mi
esposa y mis hijos, era increíble como los rayos del sol penetraban por el
ventanal. No comprendía de donde provenía esa luz que se creaba dentro de mis
pensamientos. Después recordé el momento aquel que cenamos en la mesa, en medio
de una pequeña vela, contentos probando un chocolate caliente. Aun la vela
creaba luz, mis pensamientos creaban luz. Recordé entonces que uno de mis hijos
apago la vela y después todos nos reímos de tal diablura. Ya no podía crea luz
en mis pensamientos debido a que se había apagado la vela, pero si podía recordar
la alegría y las carcajadas en medio de la oscuridad. A pesar que la vela carecía de luz, existía otra cosa que prometía una
luz insaciable e incomparable y difícil de extinguirse.
El autobús me dejo a unos metros del templo donde hace tiempo solíamos
asistir mi familia y yo. Al bajar, mis extenuados pies se entregaron a las
aceras de la urbe. Caminaba con una tremenda pesadez. Cuando pase enfrente del
templo recordé a aquellas palomas que bañaban de heces los remates de la fachada,
curiosamente ya no anidaban en los entablamentos del templo, se habían mudado a
la techumbre de una casa de aspecto sugerente, de colores impertinentes y
fachadas intrépidas, a lo largo de uno de sus muros se extendía un enorme letrero
que anunciaba “Reiki y Meditación” y objetivos
vinculados con la erudición, gnosis, metafísica y ocultismo.
Se distinguía un desmedido contraste entre la casa y el templo. En medio de los dos se localizaba un terreno baldío,
desolado, de una arquitectura mendiga y humilde. Ahí habitaba un vagabundo, un
alma extraviada me supuse. Advertí después que
aquel hombre menesteroso del baldío daba de comer a las palomas, sentado
desde una banca les arrojaba grandes trozos de pan. Su mísero ropaje tenia una
desemejanza excepcional de su rostro, pues su semblante se vestía de un inmenso
júbilo. Mientras les sonreía a las palomas y a los gatos, que pronto se dejaron
ver, saludaba alegremente a las personas que veía pasar, me cautivaba su modo complaciente
y apacible de tratar cada segundo de su vida. Se percibía un alborozo en aquel indigente, podía
sentirlo.
Me acerque a él esperando un saludo de su parte, pero ni una palabra de
su boca salió.
-Buenas tardes –saludé.
-Buenos días –me dijo.
-Pero si ya pasa de mediodía –repuse.
-Mientras luz se vea en lo alto días serán, no existe diferencia entre
tarde y día.
-¿Y desde que hora empieza la noche? –pregunté.
-En el instante que prendes un foco, una bombilla, o si lo prefieres, en
el momento en que vas en busca de la leña y te preparas para hacer una llama, entonces
comienza la noche.
-¡Pero quien va hacer fogatas en estos tiempos! –me carcajee en mis
adentros.
-El templo que esta a mi derecha, por ejemplo, prenden fogatas, ellos viven
de velas, en cambio la casa a mi izquierda viven de iluminación eléctrica, de
bombillas.
-¿Y usted cual usa, cual luz prefiere?
-No puedo preferir ninguna. ¿Por qué te dirigiste a mí, y no al templo o
a la casa de mi izquierda?
Pronto me di cuenta que el alma extraviada no era él sino yo.
-No tengo la menor idea –respondí.
-Yo tengo la respuesta –respondió inmediato.
-No creo en sus palabras, no creo que la tenga la respuesta.
-Lo se muy bien. Te conozco, tu asistías a este templo años atrás.
Entrabas pero nunca me mirabas, salías y tampoco lo hacías, y eso hacías
repetidas veces durante muchos días. Ocurrió después que ya no concurriste al
templo y no supe ya nada de ti. No estoy viviendo aquí por casualidad, a lo
largo de todo este tiempo he conocido multitud de gente en este sitio, suntuosamente entran por los portales del
templo, cuando acceden por el portal los cuadrúpedos prejuicios les dejan de
perseguir, y cuando salen, de nuevo estas alimañas van de tras de ellas. Al pasar
el tiempo se sienten atraídos por el anuncio de mi izquierda, entonces su nueva
concurrencia ahora es la casa sugerente y jamás vuelven a entrar por los
grandes portales. Pasa que después de presentarse cientos de veces a lo
sugerente regresan trastocados al templo, con los mismos acechantes cuadrúpedos
en sus espaldas. Pero existen pocas personas que después de andar por estos dos
edificios vienen a saludarme, como tú lo haz hecho hoy. Tú no permaneces ni de
un lado ni del otro sino conmigo.
-No entiendo lo que me estas tratando de decir –dije a modo acongojado.
-¿Qué luz prefieres, la luz de una vela o la luz de una bombilla? Podrás
pensar que las dos luces son distintas pero ambas provienen de la misma cosa. Está
bien si ayer viviste de velas y hoy de bombillas, lo terrible es si mañana
vuelves a encender la bombilla, o aun peor, si regresas a la vela. En cuanto
más luz de una bombilla haya en tu vida más te alejaras de la vela, e
inversamente. No inclines demasiado la balanza de un lado y dejando al aire el
otro lado. El equilibrio es vital.
Las palomas se mudaron a la casa
sugerente por que les asusta el búho falso que el templo coloco en la cúspide
del portal y los gatos se movieron al templo por que les espanta el embravecido
perro que hay en la casa. Pero como puedes ver en este baldío a estos dos animales
nada se les impide, incluso se les da.
Los animales y las plantas se mueven al compas de los movimientos que
crea el Director de la orquesta, todo ello conforman una armónica canción, al
igual que los cielos, las montañas, los océanos, las estrellas y todo lo demás.
Cuando una manzana se pudre o un ave muere pensaras que en ello existe una
discordancia pero en realidad hay una total musicalidad creada por ese Director.
Todo es música, pero para que esta música tenga consonancia debemos nosotros,
los seres humanos, también ser parte de la orquesta. Los gatos y las palomas
vienen a mí por que encuentran afinidad rítmica y no disparidad, ellos y yo
creamos música y entendemos los movimientos del Director. Y todo ello para que
al final nos ganemos los aplausos del público.
-¿Y quien es ese publico? –pregunté intrigado.
-El público
esta dentro de ti, en ti han existido variedad de personas que están esperando
aplaudirte. Ya mucho has existido, no esperes a existir de nuevo mañana, que
sea esta persona que traes consigo la que reciba esos aplausos. Existe una sola
luz resplandeciente que promete la única libertad, una vez libre miraras todo
diferente, y con ella, al final de este largo viaje la canción terminara para
ti, dejaras tu instrumento a un lado, saludaras al Director, saldrás del
escenario y pasearas eternamente en Roma, y no de la Roma que conoces y se te
ha enseñado. Cosas incomparables existen ahí.
En este mundo no se es libre si en Venecia encontraste Roma, se es libre
si en Roma encontraste Venecia.
No tenía palabras para responderle.
Como agradecimiento le di mi bolígrafo con el que había escrito todas mis observaciones,
las gracias de algo que sabia que entendía pero aun no comprendía. Era un
bolígrafo que apreciaba muchísimo, pero lo tenía que dejar.
Caminaba con mochilera y maleta pensando en las palabras del millonario
menesteroso. Su voz me habló de un hombre acaudalado de una recóndita riqueza
que no era fácil de obtener, pero sabía que al igual que él yo también poseía
tal fortuna, cargaba con ella, la sentía pero no en mi cuerpo. Me preguntaba
como es que nunca mire aquel hombre si pasaba millares de veces por ahí, a
pesar de las decenas de veces que me senté fuera del templo a tomar el sol.
Era un miércoles por la tarde, los carros guiados por la ansiedad
corrían sobres las calles, los edificios de la ciudad flanqueaban los sueños de
los transeúntes y sobre el cielo nubes cirrus despedían al sol. Sobre las
avenidas la pelirroja tarde emanaba una luz suave rojiza, al par de unos
minutos las luces de las ventanas de mi barrio pronto se encendían una por una,
la noche comenzaba en cada una de aquellas viviendas.
La maleta me exigía a gritos que la llevase a la empresa lo más antes
posible, estaba a buena hora, pero la mochilera me reclamaba a alaridos respiro
y descanso. No escuche los llantos ni de una ni de otra, yo solo quería llegar
a casa.
Cuando llegaba a mi morada desde lejos observe a uno de mis hijos jugando
en el techo de la casa y el otro de mi hijos le lanzaba una pelota desde abajo,
los dos me miraron al mismo tiempo, curiosamente mi hija que se encontraba
arriba llego primero a mí, mi otro hijo mirándome apaciblemente se espero a que
llegase a él, y entonces se lanzo sobre mis brazos, mi esposa con cara festiva
nos observaba desde la ventana. Cuando entramos a casa me percate que las luces
se encontraban apagadas, alguien de pronto prendió la luz de la sala y en ese
momento me di cuenta que en mi hogar la noche recién iniciaba.
Esa noche mi familia y yo nos desvelamos hasta muy tarde, prendimos una
fogata en el patio trasero y hasta que la última llama cedió cerramos los ojos.
Fui el ultimo en dormirme, el clima nocturno era mas acogedor que nada,
yacíamos sobre una colchoneta con las caras frente al fuego. Cuando comenzó a
notarse el silencio en medio de suaves ronquidos pensé en lo que había ocurrido
en los valles el día anterior, el día del solsticio.
El sol y yo, quietud, movilidad, la tierra mi causa, el cuerpo mi
efecto, permanencia y abandono, respiración y exhalación, ser o no ser, tensar
o yacer, existo pero no existo, falto pero no falto. Posición siddhasana,
perfección. Volando como un vencejo, eternamente. Me veo, me observo. Entre los
valles surcando los cielos, en busca de algo. Como un sueño. Mi alma sale de
casa, aseguro puertas y ventanas. No se que soy, si mis pensamientos o mis
recuerdos, no debo de ser mis pensamientos y mis recuerdos, debo ser algo más.
Una voz, me habla, debo ser esa voz:
- “Como vez,
no estas en tu cuerpo, no te encuentras en casa. Ese hogar envejecerá y algún
día se desplomara en mil pedazos, entonces te darás cuenta que nunca tuviste
casa. ¿Acaso no es el mundo así, tan habitacional como el cuerpo lo es?
Amas las cosas
del mundo y a los del mundo, solo eso sabes hacer.
El hecho de
que existas no significa que libre seas, representa algo más.”
Recuerdo que cuando volví a mi cuerpo, me pregunte donde diablos había
permanecido, a donde había ido. El mundo, al principio, lo miraba en blanco y
negro y desfigurado, después cada color poco
a poco fue añadiéndose a cada textura y cada cosa fue adquiriendo forma. Sabía
que la materia se reía de mí, opacaba su sinceridad ante mis ojos. Por primera
vez en mi vida había visto el mundo diferente, físicamente. Sabia que el mundo
físico no significaba mucho, siempre lo supe.
Desde la colchoneta podía divisar el alba que pronto brotó detrás de los
árboles de la casa. Uno de mis vecinos encendía su coche para dirigirse a su
trabajo y yo le saludaba desde mi patio, éste me saludo pero en cuanto miro la
escena en la que nos encontrábamos mi familia y yo, envueltos en el suelo,
pronto se dio la vuelta, apeteciendo nuestras vivencias que sus hijos y él
carecían. Jamás había sentido los ojos tan cansados, el sonido del motor del
coche tenía un ruido arrullador, y a los pocos segundos me tendí sobre mi
esposa y me dormí.
Recuerdo que esa mañana tuve un sueño profundo e impenetrable:
Volaba entre
un lago de fuego, enorme y sombrío, y a cada que aleteaba las llamas latían con
más intensidad, pero sabia que si no lo hacia jamás saldría vivo de ahí, a como
pude me aleje de las llamas y al instante revolucionado desperté del sueño.
A medio día desperté, cogí la maleta y me dirigí a la empresa. Me fui
caminando. Pero antes de llegar colisione con una sorpresa, las calles estaban obstruidas
por una manifestación que gritaba contrariedad sobre algo que les disgustaba y
les amargaba sus momentos. Las yugulares de la muchedumbre explotaban, sus
rostros exclamaban. Advertí después que se trataba de un asunto que yo también
apoyaba y defendía, pero en ese momento no sentía coraje e ira, por que debería
de unírmeles a ellos, me pregunte. Entre la gente se me acerco una pareja,
gentilmente uno de ellos me pidió que le ayudase a sostener una de sus
pancartas, traían consigo decenas de ellas, la mujer cargaba en sus brazos a un
bebé. Me preguntaron si me apetecía ayudarles a divulgar sus mensajes,
solamente tenia que sostener una de las pancartas y andar. Acepté. Me posicione
de tras de ellos. Se escuchaban gritos por doquier, pero el único grito que mas
llamaba mi atención fue el postergado llorido del bebé que traía consigo la
mujer, que pronto comenzó a escucharse, pareciese que quisiera expresar algo
pero la gran multitud sofocaba su débil manifestación. Me quede observado su
llanto recargado en el hombro de su madre, sus lloridos me hipnotizaban cada
vez mas, y mas y mas, hasta que perdí toda ensordecedora audición, y no escuchaba
mas que sus llantos, entonces comenzaba descifrar cada una de las palabras que
el infante me decía:
-Lloro porque algún día ya no
dependeré más del verdoso amor que mi madre me concede. Al llegar a este mundo
ella me estrecho en sus afables brazos, creceré y con los años eso cambiara,
lloro por ese amor. Lloro también por que algún día se esfumara el amor de mi
padre, cuando me caía el me socorría. Lloro por que indudablemente ese amor de
mis padres se me arrebatara de mis manos. Más tarde iré al colegio y entonces encontrare
simpatía en los amigos, les incumpliré a mis padres y les cumpliré a mis
amistades, lloro por eso. Arrinconare el amor de todas estas personas en un baúl por que encontrare al fin
el amor que buscaba, en alguien, y culminare en esa persona. Pero pasaran el
tiempo y ese amor también caducara, lloro por eso.
Y al fin ya no
sabré que amaré y quien me amará, por eso lloro.
De repente salí del trance. Las palabras provenían de mi cabeza, o de
alguna otra parte, no sabia de donde pero sabia que algo insólito me había
ocurrido. Comprendí entonces que la muchedumbre en la que me encontraba eran
todos unos bebés llorando, expresando inconscientemente, Algo que no podían encontrar. Pronto salí corriendo de ahí, me
aleje lo mas que pude, preguntándome si yo también era como un de esos bebés
que lloraban toda la vida. Atormentado entre a un restaurante, me senté en una
de las mesas. Se me acerco una mesera, sabia que pedía mi orden, pero yo solo
veía el rostro de aquel bebé sollozando en la cara de la mesera y en todas las
personas del restaurante, pronto advertí que aun no salía del trance. Salí
despavorido y me senté en una enorme banca de un parque. Todavía me encontraba
en el mundo de los bebés, los miraba pasar por todos lados llorando. Cerré los
ojos y me tendí sobre una banca.
Había permanecido dormido un largo tiempo, cuando desperté una anciana
estaba sentada de lado mío. La banca ya no me pareció tan enorme, como si se
hubiese encogido. La cara de la anciana era de los rostros fiables rugosos,
granulosos pero sabios. Me miro, me sonrió y se marcho, le devolví la sonrisa.
Me di cuenta después que la maleta ya no estaba conmigo, la había perdido.
Regrese a casa. Mi familia me miro exhausto. Me senté en un sillón que
daba a un ventanal, en ella entraba la luz. Mi hijo mi miro, entendía mi
malestar y sin preguntarme como me sentía se me acerco, saco de su bolcillo un
prisma triangular de cristal que siempre traía consigo y me lo puso en una de
mis manos. Se lo había encontrado, jamás lo soltaba. Todas las mañanas cuando se
levantaba lo colocaba sobre el sol para ver los todos los colores que brotaban
de el. Nunca le pregunte por que le gustaba hacerlo. En ese momento le
pregunte. En su impúber vocabulario de cinco años me respondió que lo hacia por
que solo así encontraba su color favorito, todos. Le dije que solo debía
escoger un color como favorito de toda esa gama que formaba el prisma. Se negó
y no quiso escoger un color como preferible. Me pidió ansiosamente que lo pusiese
sobre la luz para que fuera testigo de todos los colores que emanaban de su apreciable
objeto. Lo hice.
Cuando observe toda la gama de colores que manaron del prisma podía ver
que todos ellos se entrecruzaban entre si, podía observar la progresión de los
colores, del mas cálido al mas frio. No entendía como es que mi hijo era capas
de mirar un solo color en toda la gama y no distinguir la diferencia y la
elegancia que había en cada uno de ellos. Descubrí entonces uno de los más
sabios secretos que uno puede poseer, el entendimiento.
La luz
entiende, los colores no son capases de entender. Los colores no entienden de
injusticias, la luz entiende. Los colores no entienden de pobrezas, contiendas
y enfermedades, la luz entiende. Los colores no entienden a los demás, la luz
los entiende. Los colores no se entienden ni a ellos mismos, la luz se
entiende. Lo importante no es que la luz entienda a los colores, lo importante
es que los colores entiendan de luz.
Cuando la luz
atraviesa el prisma esta se descompone y forma los colores, la luz disminuye su
velocidad cuando por el prisma se introduce, entonces ya no es libre de viajar
a gran velocidad. El prisma es la toda la materia que nos rodea, en la cual la
luz se encuentra atrapada. Una vez que descubres la luz vuelves a ser libre,
aquí y después eternamente allá.
Después de todo mi hijo me pregunto si me sentía bien, le dije que si,
absolutamente. Pronto se acerco mi esposa y me pregunto lo mismo. Más bien no
podía estar.
A los pocos minutos sonó el teléfono, la empresa preguntaba por mí, pero
más que por mí por mi averiguación, por mi maleta. Con una calma pasiva y
desinteresada les dije que había perdido toda la información, y que ya no me
interesaba tal labor, con esa misma calma me despidieron del despacho.
Pasaron algunos meses. Me habían ofrecido otro trabajo. Mis hijos
seguían aprendiendo, mi esposa seguía yendo al Taichí y yo seguía existiendo.
Las cosas eran muy diferentes después de aquel día.
Viví engañado toda mi vida, en muchas cosas. Siempre creí que el del espejo era yo. Me
rasuraba y me peinaba pero nunca repare lo que había más allá de mi mirada, las
cosas que en realidad tienen que afeitarse y peinarse. Siempre creí que aquello
que no me interesaba conocer nada había por aprender, rechazaba y rechazaba, a
esa misma medida entorpecía y entorpecía. Me creí todos aquellos cuentos de
amor y felicidad, quería repetir esas mismas historias en mi vida, pero nunca
me contaron aquéllos cuentos que no fueron escritos por hombres infelices. Me
creí todo lo que mis allegados decían, solo por que los amaba pero nunca creí
en lo que mis enemigos hablaban, porque los aborrecía. Pensé que ser alguien en
la vida seria estudiar el don que traía dentro, mi familia lo decía, mis amigos
me animarían, pero nadie me dijo que eso no me serviría. Ser Algo en la vida te lleva a ser alguien
en la vida. Pensé que cuando pintaba y de diversas formas me expresaba
transmitiría, y todo el mundo me admiraría, pero solamente estaba transmitiendo
el vacío que había en mí.
Y un sin fin de engaños mas.
Y un sin fin de engaños mas.
Recuerdo que era un domingo por la mañana, yo me encontraba mirando una
película, pero antes de que ésta llegase al desenlace mi familia había llegado
del supermercado, debía ayudarles a sacar del carro las bolsas que cargaban. Mi
hija cargaba la bolsa de mi pan preferido, entreabierta y media vacía.
-¿¡Quién se ha comido mi pan!? –pregunte furioso a mi hija.
-Nadie se lo comió, se lo dimos a un señor que tenia hambre.
-Pues ese señor que trabaje ¡por eso tenemos unas manos! –repuse molesto.
-Pero tenía mucha hambre y no tenia dinero.
-Afuera hay mucha gente con hambre ¡no les vamos a dar de comer a todos!
Andaba sumamente exaltado, mi hija temblaba de miedo y mi esposa me
miraba con una cara de sobresalto.
-También le dimos del jugo que te gusta –comento mi esposa.
No andaba del todo bien, irritado arroje las bolsas y me senté sobre la
mesa observándolos a que terminaran de meter todo. Se sentía una abrumadora
tención. Esa mañana había despertado de mal humor, motivo por la cual mi
familia decidido escapar de casa. Cuando ya habían descargado todo mi hijo se
acerco a mí.
-Papá el señor pobre que le dimos de comer me dio esto.
Era el bolígrafo que yo le había obsequiado a aquel millonario
vagabundo.
Me quede boquiabierto. Sabía que después de ese día los demás serian
aun más diferentes. Mi familia había visto la luz.
Por la tarde mi familia y yo salimos a aquellos valles donde había
permanecido apartado. No sabían por que los había llevado hasta ahí, pero a las
pocas horas se olvidaron de ello y comenzaron a asombrarse de la opulenta fauna
del lugar. La vegetación era más abundante, el verde colmaba los suelos y
riachuelos pronto se dejaban ver. Un edén en vida. Éramos cuatro esferas
brillantes en medio de un extraordinario paraíso.
Antes de que bajase el sol quería llevara mis hijos a aquel ahuehuete. Bajamos
de los valles corriendo como almas tonificadas. Me di cuenta después que
aquella fábrica había desaparecido, y aquel árbol se encontraba por por los
suelos, endeble y deslucido, sin verdor alguno. Cuando llegue mas cerca me
había dado cuenta que un incendio había arrasado con la zona, provocado por la
industria. Las raíces del árbol estaban casi carbonizadas. Mi hija lo daba por
muerto y mi hijo por vivo. Sabía que un árbol así jamás podría componerse. Sentía
una enorme tristeza.
Mis hijos y yo nos sentamos bajo el árbol. Les hable sobre mis
experiencias que había vivido aquellos días en ese lugar. También les hable de
Algo que debían saber y jamás debían
de olvidar. Fue en aquel ahuehuete que ellos supieron de Algo.
El mes que paso después era tan normal, pero empezaban a notarse buenas desemejanzas.
Mi esposa ya no visitaba con frecuencia las casas sugerentes y raras
veces leía el Kibalión, y no como todas las noches lo hacia. Constantemente me
decía que algo extraño sucedía en su vida y no era capas de expresar aquello
que sentía. Comencé
a notar que su balanza comenzaba a equilibrarse. Mis hijos hacían lo de siempre,
pero percibían una rutina diferente en casa, per eso bastaba para cambiar sus
mecanismos y costumbres. Algunos vecinos dejaron de frecuentarnos porque decían
que habíamos cambiado, no entendían. Yo, sencillamente seguía viviendo.
Ese mismo mes el despacho que me
había despedido rogaba que volviese. Me dejaron al mando del proyecto que meses
atrás querían construir. Indudablemente, las cosas habían cambiado.
El proyecto se llevo a cabo, y se inauguro después de nueve meses. Se
construyo sobre los descombros de la antigua fábrica. Se respeto aquel árbol,
entonces milagrosamente volvió a renacer.
Pasaron los años como los segundos pasan. El tiempo siguió marchando a
su ritmo, la gente también. Mis hijos crecieron, mis vecinos mudaron y mis amigos cambiaron. Mi esposa ya
no se encontraba en éste prisma, había dejado su instrumento, y yo seguía
viviendo, pero más que viviendo escribiendo mi testamento, para dejar la mas rica herencia de mis ligeros objetos.
-Tu abuelo conoció como a nadie este lugar.
-¿Y dónde esta ahora?
-En los muros de este edificio, obras de su pensamiento.
-¿Y el nos ve?
-No, se encuentra muy lejos de aquí ¡Lejísimos!
-¿Y cómo era él?
-Como todos, con Espíritu. Algún día lo conocerás.
-¿Al abuelo o al Espíritu?
-…Ven, bajemos al árbol, te voy a mostrar Algo.

¿Dónde estás que no te encuentro? :(
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