28.8.18

Agüita amarilla



Mi hermano, Miguel y Celestino.


Amarilla tu casa, amarilla la casa de tu vecino, amarilla la tienda, amarilla la iglesia, amarillo el banco, amarilla la panadería, amarilla la cervecería, amarillo todo. Aunque parezca de cuento este lugar existe, y tiene por nombre Izamal. No hablemos solamente del amarillo en los edificios sino también el amarillo en el alma de la gente.

La historia comienza alrededor de medio día, estando con Miguel y su amigo Celestino, este último  el protagonista de la historia, el primero, Miguel Asaf, un viejo amigo que conocí la primera vez que pise este Pueblo Mágico,  y ahora después de dos años mi hermano y yo íbamos en su búsqueda.

 Miguel nos recibió con los brazos abiertos, en su tienda de agua purificadora que su familia de descendencia turca y él atendía en Izamal desde hace ya varios años. Se acordó de mí no por mi cara sino por la historia que le conté de cómo nos habíamos conocido, en la tienda de su prima Lizet, cuando ya muy de madrugada llegue a comprar lo que sea y comerlo para no dormirme con el estómago vacío después de un largo día de mochilero que tuve por esos rumbos, y fue ahí donde lo conocí a él junto con sus amigos del pueblo, que por cierto ese día conversaban sobre la historia de México, me interese por el tema y me les uní a la plática.

Volvamos a la escena en la tienda de Miguel, donde mi hermano y yo permanecíamos entretenidos de sus pláticas ya que eran algo inusuales de escuchar en aquel pueblo. Nos comenzó a hablar de la historia de su familia, de su desentendencia turca por parte de su padre, de cómo apreciaba su linaje y de los retratos que estaban colgados en la pared y lo que significaba para él, y muchas cosas más hasta que… aparece en la escena nuestro gran amigo Celestino, con una cerveza de 940 mililitros, o mejor dicho, con un gran caguamon.
Cuando este hombre llego el ambiente cambio totalmente, del mundo de Miguel al mundo de Celestino en menos de un segundo. Era el personaje que faltaba en medio de tres sobrios decentes.

Celestino venia acompañado de una gran alegría, y no preguntemos porque, nos ofreció cerveza y no se la negamos, rápidamente fue por unos vasos para servirnos. Era de las personas que de borrachos abraza a los que tiene por compañía y cuenta sus vivencias sentimentales. Miguel, mi hermano y yo estábamos contagiados de su alegría e historias.
Estuvimos los cuatro compartiendo por un tiempo, mi hermano y yo despreocupados por nuestras cosas, Miguel probablemente de su negocio y Celestino de todo, salió a la tienda por las tortillas y ni de ellas se acordaba.

Era momento de seguir nuestro camino, nos echamos la mochila al hombro y dimos gracias a los dos por su buena hospitalidad. Nos despedimos de ambos y cuando ya salíamos por la puerta Celestino nos preguntó que a dónde íbamos, y le dijimos que a las ruinas del pueblo de Izamal. Ya no éramos dos rumbo a las ruinas sino tres, Celestino nos quiso conducir a ellas, y así fue.
De la tienda de Miguel a las ruinas fue todo un espectáculo. Celestino iba por delante de nosotros con su botella en la mano, tambaleándose de aquí para allá y de allá para acá pero siempre consiente de lo que hacía, o medio consiente porque cuando su último trago llego a su fin simplemente tomo la botella y la arrojo a la calle despreocupadamente, y ésta al romperse en mil pedazos y generar un fuerte ruido hizo que el vecindario saliera a ver la escena.
Calmamos a la gente diciéndole que Celestino nos llevaría a las ruinas y nos iba dar un “tour”, rápidamente barrimos los vidrios con los pies como pudimos y seguimos nuestro trayecto como si nada hubiese pasado.
En realidad no eran ruinas de interés, estaban descuidadas y sin mucho valor arqueológico, íbamos solo por curiosidad ya que estaban entre las casas del pueblo.

Cuando llegamos a las ruinas Celestino se hecho andar sobre las escalinatas corriendo y nosotros solo esperábamos lo peor, que se diera un santo madrazo, por suerte no se lo dio. Al llegar a la cima de una ruina se ajustó el pantalón y el cinto que estaban casi por los suelos y se sentó con una enorme sonrisa a contemplarnos desde arriba. Nosotros lo vimos desde abajo con asombro, y él nos miraba con entusiasmo animándonos a subir como él lo hizo. Subimos a nuestro ritmo y al llegar junto con él nos sentamos también. Ahí estuvimos un poco rato platicando.

Así como se subió así se bajó, dicen que las bajadas son más peligrosas que las subidas, no sé cómo le hizo que bajo sin ningún rasguño, nuevamente el hombre estuvo a punto de romperse la cara. Desde arriba lo mirábamos mi hermano y yo, nos causaba mucha risa verlo de esa manera, bueno ya desde un principio.
Pronto se quitó su camisa, la arrojó por el suelo busco un árbol y se posiciono para mear todo el santo líquido que había bebido, como si estuviera en su casa… y la verdad que sí, es que estaba en casa.

Cuando yo sentía que estaba en un lugar sagrado y debía tener cierto respeto por las ruinas Celestino se ponía a mearlas y a quitarse la ropa como si estuviese en su hogar. Me pregunte qué seguro su actitud fue por el alcohol que tenía encima, pero no era eso, era algo más… era más bien un sentido de pertenencia.

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500 años en el pasado o incluso más, en las ruinas donde yo estaba sentado seguramente estuviesen ante mis ojos los ancestros de Celestino, ahí con sus vidas y su cotidianidad, como la cotidianidad misma de la gente de aquel Pueblo Mágico de Izamal. El tataratataratatarabuelo de Celestino meando en el mismo lugar. En Celestino podía ver cómo vivieron parte de mis antepasados, simplemente expresándose tal cual son, siendo uno con el ambiente de aquellas épocas.

Cuando los cuatros estábamos en la tienda de Miguel Celestino pidió que nos tomáramos una foto, saque mi cámara y se las la tome a los tres sin más.
La foto muestra el mestizaje de tres culturas diferentes en una sola cultura, española, turca y maya. Compartiendo gustos en común, cuando milenos atrás ni abrazos compartíamos.

De tras de sus miradas un linaje, detrás de ese linaje vemos mil historias, historias que nos cuentan de batallas, guerras y contiendas, donde al final nadie vecino a nadie, a pesar que vencer siempre fue el principal propósito la verdadera intención que se escondía de fondo era …la unión.


           

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